Veinte años sin la leyenda del flamenco

El pasado lunes se cumplieron veinte años del fallecimiento de José Monge Cruz, una de las personalidades más influyentes del panorama musical español contemporáneo. Aunque probablemente por ese nombre quizá muchos de vosotros no sabréis de quién estamos hablando, si hacemos uso de su nombre artístico, Camarón de la Isla, o simplemente Camarón, reconoceréis que, efectivamente, se trata de toda una leyenda en nuestro país . Y no sólo por los millares de fans que cosechó durante su carrera, sino, sobre todo, por su capacidad para renovar y acercar al público un género musical históricamente minoritario y endogámico como el cante jondo. Tras unas semanas de silencio, la sección de Música de EspacioNoticias vuelve para recordar al más afamado cantaor flamenco de la historia.

Alberto Moreiras | EspacioNoticias

José Monge Cruz nació en la localidad de San Fernando, en Cádiz , el 5 de diciembre de 1950. Hijo de Juana Cruz Castro y Juan Luis Monge Núñez, fue el penúltimo de ocho hermanos de familia gitana. El apodo por el que era conocido le fue dado por un tío suyo en cuya opinión parecía un camarón debido a su delgadez, pelo rubio y piel blanca. La segunda parte de su nombre artístico, “La Isla”, hacía referencia a la Isla de León, donde se halla ubicada la ciudad de origen del artista.

De niño estudió en el Colegio del Liceo hasta que dejó la escuela para ayudar a su padre en la fragua donde trabajaba. La casa de los Monge era frecuentada por los grandes cantaores de la época a su paso por San Fernando  y fue enonces cuando el pequeño José comenzó a escuchar y admirar a artistas como  como La Perla de Cádiz o El Chaqueta . Cuando su padre falleció, y ante los apuros económicos por los que atravesaba la familia, Camarón, que contaba con 7 años de edad, comenzó a cantar en distintas tabernas y en la estación del tranvía de San Fernando. En 1958 tiene actuaciones esporádicas en la Venta de Vargas de San Fernando, siempre en horario de tarde, ya que debido a su corta edad no se le permite asistir de noche. Allí lo escuchan por primera vez los grandes cantaores de la tierra y uno de ellos, Manolo Caracol, reconocido genio del cante alaba su talento y le alienta para que participe en el concurso de cante flamenco del Festival de Montilla en 1962. Con su victoria en dicho certamen daba comienzo a su carrera como cantante profesional, trabajando por toda la geografía andaluza y alcanzando altas cotas de popularidad en el concierto del cante jondo.

Cuando contaba sólo con dieciséis años, la compañía de Miguel de los Reyes le llevó a Madrid, donde durante mucho tiempo estuvo contratado en un tablao llamado Torres Bermejas. Muchas noches, de madrugada, Camarón continuaba cantando en El Palomar, una antigua venta en las afueras de Madrid, dedicado, pues, en cuerpo y alma a su profesión. Su fama se acrecentó, por lo que de los tablaos pasó a los festivales, donde su arte pudo ser mejor apreciado por sus seguidores, que ya comenzaban a formar legión.

Sería en Madrid donde conociera al algecireño Paco de Lucía, con quien compartiera una buena parte de su carrera artística, grabando un total de ocho discos de larga duración entre 1968 y 1977. Con él grabaría su primer elepé, Al verte las flores lloran, en 1968, un trabajo que marca la tónica de sus primeras grabaciones, en las que Camarón pone su máximo empeño en seguir la tradición del cante clásico más ortodoxo, muy respetuoso con la tradición.

No obstante, su espíritu inquieto y su amistad con los jóvenes valores gitanos de la época hicieron que buscara otros horizontes para su arte. Ese punto de inflexión se vería plasmado en 1979, cuando realizara la primera grabación sin Paco de Lucía, La leyenda del tiempo, obra clave para entender el particular universo creativo de Camarón. El disco, el primero que grabaría con su amigo Tomatito a la guitarra, fue una auténtica revolución en el mundo del cante, y la primera toma de contacto con el particular calvario que Camarón hubo de sufrir durante el resto de su carrera por las voces críticas que le censuraban que había “traicionado” la ortodoxia y la tradición que tan ponderada había sido antaño por parte de sus mentores. Se cuenta que hubo seguidores que, tras escuchar el disco, acudían a las tiendas para devolverlo porque “ése no era Camarón”.

La grabación, producida por Ricardo Pachón, quien ya apostara por artistas tan transgresores como Pata Negra o Kiko Veneno, se alejaba, bien es cierto, de la ortodoxia de guitarra, palmas y coros para introducir elementos lejanos a los palos clásicos del cante, con concesiones al rock, el jazz y las tradiciones orientales, aunque no dejara de ser un producto netamente flamenco.

El disco incluyó instrumentos hasta ese momento desconocidos en un disco de cantaores: bajo, batería, percusión, piano Fender, teclados, guitarra eléctrica, cítara…, aunque Camarón canta en él con el mismo sentimiento que en sus trabajos anteriores. El de San Fernando tenía la idea de acercar el cante a un público poco acostumbrado al flamenco convencional, introduciendo instrumentaciones e innovaciones estilísticas que sonaran “mejor” para el público joven, con la intención de que fuera un arte más creativo.

A pesar del significado y la enorme influencia que tuvo este disco, el esmero con que fue grabado y las expectativas que despertó entre sus creadores, fue un fracaso total de ventas (apenas se llegaron a las seis mil copias). Aún así, el disco supuso un cambio radical en la escena flamenca; sin saberlo, Camarón abrió una puerta que revolucionó el arte desde dentro y que dio pie al movimiento de “los jóvenes flamencos” (a él le gustaba llamarlo “flamenco rock gitano”), que tantos frutos ha dado y que tantas opciones ha concedido al mestizaje musical entre diversas culturas y modos de entender la música gitana. No fue extraño que Camarón iniciara otras colaboraciones con artistas alejados del flamenco, como los interpretes de jazz Jorge Pardo o Charles Benevent, e incluso existen algunas grabaciones en las que hace incursiones en el rock, como en algunas del grupo Alameda o incluso en solitario.

A partir de ese momento Camarón presentó dos caras: una más comercial, la que ofrecía en sus grabaciones, que poco a poco iban siendo conocidas en gran parte del mundo; y otra más gitana y sobria, la de sus actuaciones en directo. Así, mientras sus discos eran consumidos por un público más abierto y heterodoxo, sus apariciones en los festivales se convertían en auténticas fiestas en las que el público, en su mayoría gitano, asistía con auténtica devoción y fervor casi místico.

El fenómeno fue en aumento, y en aquellos festivales donde aparecía, como en el prestigioso Cante de las Minas de la Unión de 1983, sus seguidores, que eran ya multitud, asistían embobados al espectáculo de un Camarón entregado hasta la extenuación en su cante, aunque una vez acabada su actuación (generalmente terminada con un delirio de aplausos y vítores, y un cantaor abandonando el escenario en plena catarsis), los espectadores se iban ruidosamente de la sala, sin respetar al siguiente artista. Nunca en la historia del cante se habían dado tales manifestaciones masivas, y ése era un argumento incontestable para los que criticaban su arte (la mayoría del público era gitano, cuyo instinto musical es, a la postre, el juez final y supremo del flamenco); fue, en definitiva, un fenómeno social que, no obstante, no enturbió la enorme calidad artística de su carrera.

Durante la década de los ochenta, el inmenso éxito y popularidad alcanzados por Camarón contrastan con los frecuentes problemas personales a los que hubo de enfrentarse. Desde altercados producidos en sus conciertos, como el ofrecido en el Palacio de los Deportes de A Coruña en 1982, hasta problemas con la ley y, sobre todo, con las drogas (heroína, cocaína y tabaco) que terminaron por quebrar su salud de forma definitiva.

Curiosamente, conforme avanzaba el deterioro tanto de su estado de salud como de su imagen pública, mayor era el impacto que producían sus intervenciones públicas, ya fuera a modo de concierto, bien a modo de publicación de nuevas grabaciones. Así,  en 1989, entre marzo y septiembre, grabó en Sevilla y en Londres el que sería su disco más vendido: Soy gitano, en el que colaboraron la Royal Philarmonic Orchestra y Ana Belén (cantando a dúo una canción compuesta por Juan Luis Guerra, “Amor de conuco”). Su última actuación pública tuvo lugar el 26 de enero de 1992. Y el 12 de mayo de ese mismo año anunció la publicación del que sería su último disco, Potro de rabia y miel, en colaboración con Paco de Lucía, que además de tocar dirigió y realizó la producción del disco, y Miquel Barceló, que realizó el dibujo que sirvió de portada.

Poco tiempo después murió víctima de un cáncer de pulmón. Su sepelio fue multitudinario; se calcula que cincuenta mil personas se dieron cita en el cementerio de su ciudad natal, donde sus restos fueron enterrados en un mausoleo.

A pesar de la gran herencia musical que nos legó Camarón, la mayoría de las grabaciones que se conservan  son directos que no cuentan con la calidad deseada, algo por desgracia habitual en muchos artistas flamencos. Oficialmente publicó sólo 17 discos, en los que se incluyen 164 canciones, de las cuales sólo 27 aparecen registradas a nombre del artista en la SGAE. De hecho, las ventas de sus discos fueron, en vida, relativamente escasas (apenas pasan de los 361.000 ejemplares). A su muerte, el fenómeno Camarón hizo que se reeditaran y recopilaran los temas grabados por el artista y se alcanzaran cifras de ventas mucho mayores que las que él conoció en vida.

Pero más allá de los trabajos discográficos que conservamos del genio gaditano, la verdadera dimensión de su legado se halla en el trabajo realizado en pos de la exaltación del flamenco y el cante jondo, no en vano es, junto con Enrique Morente, uno de los padres del “nuevo flamenco”, denominación que engloba a una serie de intérpretes y compositores surgidos en las últimas décadas del pasado siglo que incorporaron ritmos procedentes de otras músicas a la tradición flamenca, con la intención de enriquecer y hacer evolucionar este estilo musical.  Y es que sería muy difícil entender el éxito de artistas como Ketama, Diego “El Cigala”, Niña Pastori, Estrella Morente,…sin la mediación de la labor de modernización y universalización que del flamenco realizó Camarón. Son famosas, en este sentido, las ideas que expresara en una entrevista:

El flamenco está hecho, pero sobre lo hecho se puede seguir creando sin engañar, sin mistificar. ¿Por qué tenemos que hacer todos la soleá exactamente igual, como si fuéramos un disco? Si yo puedo añadirle algo propio, enriquecerla, sin desvirtuar lo que es el cante por soleá, ¿por qué no voy a hacerlo?.

Y desde luego que lo hizo, ganándose en el proceso el respeto y admiración de artistas tan reputados como Chick Corea, Mick Jagger, Bono, Miles Davis o Gilberto Gil, entre otros, y convirtiéndose en leyenda.

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